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31.07.2013 - «Contar la historia de tu pueblo es un honor y una obligación si antes no ha habido rigor»

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Eugenio Martínez de Rioja Periodista jubilado

El veterano cronista presenta el libro 'Casalarreina, luces y sombras', «un reportaje histórico» sobre su pueblo natal prologado por Gustavo Bueno

Los buenos periodistas se guardan la mejor historia para el final. Y después de toda una vida escribiendo en Oviedo, a Eugenio de Rioja le quedaba una por contar, la de su pueblo natal. 'Casalarreina, luces y sombras' es el título del libro al que este veterano cronista ya nonagenario ha dedicado cinco años y que hoy, por fin, presenta en la localidad riojalteña (a las 20 h. en el centro de salud), ante sus paisanos. «Espero que no me corran a gorrazos», bromea haciendo gala de un campechano sentido del humor tras una larga charla en la que también derrocha memoria y orgullo por el terruño. «Contar la historia de tu propio pueblo -afirma ahora en serio- es un honor, pero es también una obligación si antes no ha habido rigor».

Eugenio Martínez de Rioja (Casalarreina, 1922), o Eugenio de Rioja, como firmó durante sesenta y cinco años en La Nueva España, en su Asturias adoptiva, donde ejerció primero como redactor y, luego, como columnista y colaborador, periodista jubilado en la actualidad, pero periodista a fin de cuentas, ha querido escribir de su puño y letra la historia de su localidad para aclarar algunas cuestiones, corregir otras que él considera erróneas o simplemente relatar y dejar su propia versión de las más curiosas y personales. «Es mi primer y último libro», comenta con templanza. Le ha dedicado cuatro años de documentación y uno de redacción, un esfuerzo que ha sido al mismo tiempo satisfacción: labor de reportero vocacional.

El proyecto nació del pregón de fiestas que Eugenio de Rioja pronunció en el 2000. Entonces ya esbozó un repaso histórico de Casalarreina, poniendo especial énfasis en aclarar el origen y significado de su llamativo nombre y en desmentir el otro sobrenombre «poco decoroso» que se le atribuye popularmente y del que el autor 'culpa' a Domingo Hergueta (1856-1940), historiador especializado en La Rioja Alta y Burgos y muy centrado en Haro. Ahora, negro sobre blanco, 'Casalarreina, luces y sombras' es un ejemplar de más de doscientas páginas, quince capítulos y un prólogo del profesor Gustavo Bueno, también riojano y asturiano, y «viejo amigo» del autor.

Digno de una reina

«Pero no es un libro erudito -advierte con modestia-, y no por falta de documentación y bibliografía, que la contiene y abundante, sino para que la gente pueda leerlo con facilidad y sin hartazgo. Es un amplio reportaje histórico que aporta muchas cosas curiosas, como que don Pelayo era riojano». Y para sostener esta aventurada afirmación cita a José Ángel García de Cortázar y su obra sobre la España medieval, en el que el historiador da cuenta de una leyenda que refiere a su vez la huida del rey astur a su supuesto Logroño natal.

«¿Cómo era Casalarreina en el tiempo remoto que los historiadores llaman 'los años oscuros'? -se pregunta en el primer capítulo- Da la impresión que era un campamento, un lugar de tránsito, un lugar sin nombre (...) En principio debió de ser el bosque y los ríos como espacios habitados por el hombre y los animales...» Lo cierto es que Casalarreina aparece en los primeros documentos con su antigua denominación, Naharruri, topónimo de ascendencia íbera. De Rioja admite también el vocablo primitivo oxo xulo (bello valle) en referencia al del Oja, pero se niega a aceptar «la broma de mal gusto oficializada por Hergueta a mala idea», según dice, que hace referencia a la deformación vulgar que derivó en ojoculo.

En el siglo XVI el conde de Haro y condestable de Castilla Pedro Fernández de Velasco, al que gustaba mucho el paraje, comentó a sus hijos que era «el lugar idóneo» para construir un palacio dedicado a la reina, al que en consecuencia quiso llamar Cassa de la Reyna. «Los mejores constructores y artesanos de la catedral de Burgos vinieron a construir el alcázar y así empezó todo». Sin embargo, y en contra de la creencia extendida, De Rioja niega que ni Juana la Loca ni ninguna otra reina habitase nunca aquel palacio. Sí fue sede episcopal, por el bastardo del conde, el obispo Juan Fernández de Velasco, que también financió la construcción del monasterio de la Piedad...

Nobleza obliga a dejar huella. Eugenio de Rioja hace suyo el lema y, poco a poco, a su paso, va recorriendo e interiorizando la historia del lugar, la segregación de aquel influyente alfoz de Haro en 1671, su importancia estratégica, su crecimiento como villa, el enriquecimiento de su patrimonio histórico-artístico, su posterior decaimiento, «lo que el viento se llevó» -lo llama él con añoranza-, sus recuerdos personales, aquellas amistades imborrables, lugares, aventurillas juveniles, los primeros bailes y la tasca en la que se leía 'Los que están mejor que nosotros, ¡qué bien están!'... Luces, muchas luces, y algunas sombras de un pueblo grabadas en la memoria de un digno hijo de Casalarreina.

 



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