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27.05.2007 - A ritmo de "Logrobici"

Desde su puesta en marcha, hace tres semanas, 141 personas se han abonado al servicio de préstamo de bicicletas "Logrobici"

El sistema de préstamo de bicicletas que hace tres semanas puso en marcha el Ayuntamiento ya cuenta con 141 abonados. A su disposición hay en estos momentos tres puntos de alquiler -en La Ribera, Las Gaunas y Las Norias-, y a lo largo de junio se instalarán cuatro más en La Grajera, Prado Viejo, parque de La Laguna y el Ayuntamiento. Tras completarse esta primera fase del servicio 'Logrobici', en la ciudad habrá más de 200 bicicletas gratuitas a disposición de los ciudadanos, que podrían ampliarse en el futuro en función de la demanda.

 

La experiencia sobre una de estas bicicletas la vivió hace tres tardes y en primera persona quien suscribe este artículo, y de ahí el relato personalizado.

A principios de semana acudí al Consistorio y, en el Servicio 010, me proporcionaron un folleto con las condiciones del sistema 'Logrobici' y el impreso para darme de alta. Tras cumplimentarlo, en un banco próximo ingresé 10 euros, único pago que me exigen. Quien me atiende en la ventanilla me descoloca con el comentario: «Ahora tendrán que poner todas las alcantarillas a ras de suelo». Días después, tras cruzar -y botar- con la bicicleta sobre una de ellas, supe a qué se refería.

Con los trámites cumplidos, regreso al Servicio 010, donde me entregan un sobre con mi tarjeta personalizada y el número de pin. Todas estas gestiones, sin filas, suman poco más de 15 minutos.

Pero tendrán que pasar 48 horas para que mi tarjeta esté operativa. Así, dos días después, me dirijo a la bancada de Las Gaunas con mi tarjeta y la chuleta del pin. La máquina me informa de los pasos a seguir. «Coloque la tarjeta sobre el lector. Marque el número de pin. Elija el número de bicicleta». Creo que la número 14 me irá bien de altura, y pulso la cifra. «Tiene 30 segundos para retirar la bicicleta», continúa la máquina. Apuro el paso hacia el vehículo, tiro del manillar y sale. Hasta ahora, sin problemas.

Monto y avanzo lentamente para familiarizarme con la bici. Parece cómoda. Los frenos van bien y cambio las marchas mientras pedaleo (la cadena podría salirse si lo hago parada).

El estómago se me encoje. Voy a aventurarme por el centro de la ciudad. Me pego lo más posible a la acera y enfilo por Club Deportivo hasta su rotonda con República Argentina. El nudo está despejado y pienso en el siguiente, el de Duques de Nájera con Vara de Rey. ¿Ese no!, lo esquivaré por el paso de peatones.

Ya en Vara de Rey, se me empiezan a amontonar los coches aparcados en doble fila, apenas un puñado para los que luego me esperan a lo largo de avenida de la Paz. Me traiciona la imaginación y pienso que todos abren la puerta del conductor, de repente, y me la empotran en el estómago. Me consuelo con la única ventaja de las dobles filas: dejan libre carril y medio; el entero, para los vehículos y el medio, para mí.

Atenta a señales, pasos y semáforos, desfilo a la par que los vehículos. Tengo suerte, nadie se incomoda ni actúa imprudentemente. Sin novedad hasta la Universidad, donde me recreo, por fin, en un carril bici, aunque su bordillo me hace dar un respingo y obligo a apartarse a algún peatón que invade mi modesto carril. A continuación, el mayor placer, rodar lo largo del parque La Ribera. Tras el paseo, encajo la bicicleta en la bancada de La Ribera. Aún no son las 21 horas. Prueba superada.