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29.09.2006 - Emoción equilibrada

Tras deslizarnos por las curvas de la N-111, que unen los más de cincuenta kilómetros que hay entre Logroño y Lumbreras, llegamos al lugar esperado: el parque aventura 'Sierra de Cameros'.

Las agujas del reloj revolotean en torno a la una del mediodía, mientras paseamos por los aledaños de la ermita de San Martín. Junto a ella están las instalaciones del parque y los monitores de Riojaventura (empresa gestora, provisional) que velan por la seguridad de los visitantes.

Donde antes estaban las antiguas Eras, el Plan de Dinamización Turística, con la colaboración de la Mancomunidad del Alto Iregua, el Gobierno de La Rioja y el Ministerio de Industria, Turismo y Comercio, ha creado el primer parque aventura de la región por una inversión de 112.000 euros.

Con este ánimo nos vamos adentrando en el circuito, protegido por la espectacular Sierra Cebollera. Lo primero es colocarse el equipo necesario: casco, arnés, mosquetones, roldana... Nada puede faltar para nuestra seguridad.

Los «clic» y «clac» nos avisan de que ya estamos listos. ¿Y los nervios?, ¿y las fuerzas? Entonces empiezan las dudas sobre nuestras capacidades, pero Elías, uno de los monitores, nos da la clave: «Lo importante es el equilibrio, más que tener fuerza; no hay que tensar los brazos sino deslizarse». Tere, otra de las profesionales, nos recuerda que enfermos cardiovasculares y lesionados en articulaciones deben evitar el parque.

Al no cumplir con ese perfil, seguimos adelante. ¿Al abordaje! Este es el nombre de la primera escala que da acceso al circuito. Se necesita cierta coordinación. Primero un pie, luego una mano, después la otra y el otro pie. Y entre medias vamos asegurando los mosquetones a cada una de las cuerdas a la vez que ascendemos. Así llegamos a la primera torre.

El puente himalayo nos recibe. Es fácil. Lo superamos sin problemas, agarrados a las cuerdas laterales y pisando sobre los troncos. El próximo obstáculo se acerca: el puente 'mono', llamado tirolés, en el que hay un cable para agarrar con las manos y otro sobre el que apoyar los pies. No da miedo, pero sí exige pasos cortos. Así, poco a poco, bien asesorados por Rafa Loyo, el director de Riojaventura, hacemos el recorrido. El frío que sentíamos de inicio ha desaparecido. Pero queda lo mejor. Tras el cuarto puente está ella, la tirolina. Cambiamos la roldana (una especie de polea), nos aseguramos bien, miramos al frente la bella visión de Lumbreras y... ¿saltamos! Es un momento en el que se mezclan muchas sensaciones y una pregunta «¿cómo se frena?». La respuesta llega enseguida al parar suavemente en el suelo. Se acabó el juego para nosotros, aunque haya cuatro puentes más. Sin embargo, los amantes de estas actividades tienen abierto el parque todos los fines de semana y festivos hasta el 1 de noviembre.


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