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13.06.2004 - EL MUSEO VIVANCO ABRE AL PÚBLICO SU RICA COLECCIÓM ETNOGRÁFICA, ARQUEOLÓGICA Y ARTISTICA.

El espíritu del vino A medida que el visitante avanza hacia el Museo Vivanco, descubre cómo el murete lateral se abre y permite contemplar un paisaje rotundo: la fortaleza medieval de San Vicente de la Sonsierra se yergue con insolencia y domina un horizonte sembrado de castillos. El edificio del Museo, al frente, desprende un cierto aroma a bodega antigua, con un torreón que otea el viñedo circundante y un aire de laboriosidad agrícola impreso en cada una de sus vigas. PIEZAS SINGULARES LAGAR MÍSTICO SARCÓFAGO ROMANO CRÁTERA GRIEGA ESTELA EGIPCIA Espacios Datos útiles EL MUSEO PIEZAS SINGULARES FONDOS ETNOGRÁFICOS COLECCIÓN DE GRABADOS BACANAL INFANTIL ... Y PICASSO Este óleo sobre cobre español del siglo XVII se compuso para explicar al pueblo el milagro de la transubstanciación. En él, Jesucristo, en el lagar, se inclina por el peso de la cruz, que ejerce como remate de una prensa de viga accionada por Dios y el Espíritu Santo. Así, vierte su sangre sobre los racimos de uva. Se trata de una pieza romana muy singular. Aunque hay varios sarcófagos de plomo, es raro que estén tan ricamente decorados. Natural del Líbano (quizá procedente de Tiro), la pieza exhibe unos relieves con motivos de vides; una planta relacionada con el dios Baco y con el eterno renacer. Esta crátera (siglo IV a.C.) muestra un banquete dionisiaco; la jarra, posiblemente natural del sur de Italia, se utilizaba en los simposios para beber de forma ordenada. En el centro, aparece Dionisos orinando vino en una botella. La leyenda aseguraba que no había mejor vino que la orina del propio dios. La estancia cuarta del Museo, dedicada a la arqueología y al arte del vino, se abre con la estela funeraria de Sheni-Nafer, pieza de la Dinastía XXII (945-715 a.C.). En ella, el difunto, vestido con un faldón de lino blanco, ofrenda a los dioses, entre otras cosas, dos ánforas de vino. 1º: Nacer, crecer, madurar 2º: Guardar las esencias 3º: La bodega; el sueño 4º: El vino; arte y símbolo 5º: Abrir, servir y beber 6º: El jardín de Baco Horario: de junio a septiembre, de 10 a 20 horas; en invierno, de 10 a 18 horas. Lunes, cerrado Reserva: a través de internet, en infomuseo@dinastiavivanco.es y en el 902 32 00 01 Precios de entrada al Museo: individual, 6 euros; niños menores de 12 años, gratis; estudiantes y jubilados, 4 euros; y grupos, 5. El Museo se abre con una gigantesca (por el número de piezas y por su volumen) colección etnográfica sobre las labores de la vid y los trabajos de bodega. Prensas de hace más de cien años, antepasados remotos de los tractores, despalilladoras casi preindustriales, botellas de todos los tiempos... Con el Renacimiento, el vino incorpora a su matiz religioso un nuevo gusto por lo profano y por la revisión mitológica. Esto se aprecia en la colección de grabados, con obras, por ejemplo, de José Ribera 'El Españoleto', o esta pieza a buril de Andrea Mantegna, uno de los pintores cumbres del Renacimiento. Esta pieza, de calidad excepcional del siglo XVII, es un óleo sobre lienzo atribuido a dos pintores: Jan Davidsz de Heem, un especialista en naturalezas muertas que se encargó de las piezas de bodegón; y Thomas W. Bosschaert, seguidor de Rubens y probable autor de las figuras infantiles del cuadro. El malagueño Pablo Ruiz Picasso ha sido uno de los autores contemporáneos más preocupados por reinventar la mitología y las huellas del vino en el arte. El Museo tiene varios grabados de Picasso cuya exhibición irá rotando. Éste es un grabado pochoir (colorado a mano con guache) del año 1922. Nada más entrar, el visitante se topa con una mesa circular y una gigantesca lámpara/rácimo que cuelga del techo. Comienza entonces el recorrido por un mundo laberíntico y diverso, que bucea en la esencia de un producto -el vino- que no sólo ha templado los cuerpos de los hombres, sino que también ha estimulado su espíritu. El Museo Vivanco se extiende sobre 9.000 metros cuadrados y se divide en seis espacios, cinco interiores y uno exterior. La visita comienza por una sala enorme (Nacer, crecer, madurar) que repasa el ciclo de la vid y analiza las correspondientes labores agrícolas. Sobre el pasillo central, se extienden unas máquinas gigantescas: prensas ciclópeas, tractores antediluvianos, malacates ya olvidados... El visitante pasea entre los aparatos como si estuviese contemplando los dinosaurios de un Museo de Ciencia Natural. Por los laterales, la sala se abre en varias capillas que informan sobre aspectos generales de la cultura vinícola: el origen, las tierras, las labores. «El Museo está pensado para la visita individual», indica María Jesús Escuin, su directora. Por eso hay pantallas táctiles a disposición del curioso y varios audiovisuales (breves películas emitidas en sesión continua) que narran los trabajos vitivinícolas. En las primeras tres salas, el visitante descubre una rica y variada muestra etnográfica. Tras las labores agrícolas, el Museo repasa el quehacer en bodega: esa secreta y casi mágica alquimia que eleva el mosto a la categoría de vino. Un proceso misterioso y perturbador, que exige un sueño profundo, sólo alterado por los trabajos enológicos. Desde la trasiega a la comercialización, pasando por las industrias adyacentes, el visitante comprende las muchas esquinas de un oficio difícil, pero apasionante. El escenario cambia al entrar en el espacio cuarto. Al contemplar las piezas, se descubre que el vino es algo más que sudor, esfuerzo, química y sabor... También es símbolo. Religión y arte se unen en una colección que incluye obras antiquísimas (objetos funerarios egipcios, griegos y romanos) y autores de renombre: Mantegna, flamencos barrocos, Sorolla, Picasso... Sus creaciones, llenas de gracia y armonía, compiten con las delicadas piezas de orfebrería y decoración que también se exhiben. Tras degustar, con la morosidad pertinente, las obras de arte expuestas en la cuarta estancia, el visitante regresa al mundo con un paseo por la enorme colección de sacacorchos y con un vistazo al jardín de Baco: un terreno aledaño al Museo en el que se cultivan variedades vitícolas de todo el orbe. Así finaliza el recorrido por la historia y la simbología de un bien que, como se puede ver en Briones, es algo más que un producto.


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